VadeReto (OCTUBRE 2022).-


El día de Todos los Santos y uno no tanto

El otoño es la estación del año donde los bosques pierden su pudor.

Se decía que el bosque estaba embrujado y que los espíritus de los muertos esperaban al otoño para encontrar la oculta senda hacia la eternidad siguiendo el rastro de las hojas caídas de los árboles hasta un claro secreto. Todo esto era una leyenda para asustar a los niños pequeños para que no se adentrarán en el bosque y se pudieran perder.

De hecho, nosotros mismo, desde los diez, o doce años no más, nos desafiábamos cada otoño en el puente de Todos los Santos a encontrar el claro de la profecía siguiendo sin éxito los improvisados caminos de las hojas. Nadie lo consiguió salvo posiblemente Pico, el más pequeño del grupo de exploradores de aquel fatídico año.

Como de costumbre, cuando estábamos de vacaciones, antes de las diez de la mañana ese uno de noviembre estábamos toda la chavalería en el parque igual que abejorros inquietos. Los más mayores ya pasaban del rollo de la búsqueda, pero no en la de encontrar pareja o confirmar la que ya tuvieran. El resto nos organizábamos en grupos de tres o cuatro (si nos tocaba ir con alguno de los pequeños), en las mesas del merendero.

El tiempo se había portado sobre manera y más parecía una mañana cualquiera de primavera que de otoño si no fuera por la alfombra de hojas que cubría la hierba de la entrada del bosque.

A mí me toco ir con Clara (antes de ser dos), su prima Lia de diecisiete y su «primito» Pico de diez años; cuyo sobrenombre venía por ser una máquina parlante que no callaba ni para respirar. Tomamos la senda sur, la que más bifurcaciones tenía con la infantil esperanza de dar con la combinación de caminos que nos llevara al mágico lugar.

A medio día ya estábamos más que mareados de cruzar caminos o de inventarlos entre los árboles. Eso sin contar con las quejas de Lia que después de la novedad le resultaba de lo más aburrido prefiriendo estar mejor con los chicos de su edad. Por su parte, Pico, se mostraba tan superactivo que sin parar de preguntar correteaba como perro perdiguero buscando cualquier rastro para que nueva senda tomar.

Sobre las doce y media acabamos llegamos a un pequeño claro (por supuesto no el que andábamos buscando) que era el más intrincado de toda la arboleda dividido por un riachuelo. Un tosco puente de madera unía las dos praderas sembradas ambas de mesas y bancos de madera. Habíamos llegado a El Merendero de los Castaños.

No fuimos los únicos que estaban allí, casi todas las mesas estaban ocupadas por parejas o grupos de los mayores. Se podía decir que era el punto de encuentro de los adolescentes donde socializaban y podía beber o fumar sin ser pillados. Cecilia (Lia) si encontró su destino de aquel día en una mesa con dos chicos y una chica para ser la cuarta para echar unas risas hasta la hora de comer.

Así, saludado con una la mano y una sonrisilla de satisfacción, Lia nos dejó al cuidado de Pico a Clara y a mí. Para el pequeño rastreador fue también una liberación porque su hermana era la única que le imponía un poco de control, ahora se debía de sentir con un perro sin correa ni un puto collar. Nosotros aprovechamos para tomarnos el bocadillo y el refresco que de avituallamiento en una triste bolsa de supermercado habíamos llevado.

Lo lógico, en esa situación, habría sido coger el camino directo de vuelta para estar en un cuarto de hora a la entrada del parque, pero nuestro inquieto rastreador después del parón por el bocata recobró energía como para querer seguir dando vueltas por el bosque hasta las dos o la tres si hiciera falta. Clara y yo nos pusimos a hablar del curso siguiente, cuando empezáramos al instituto, mientras con la vista seguíamos las correrías de Pico entre los árboles.

Cuando estaba Lia casi no cruzamos palabra, a ambos nos debió parecer como una carabina y parecía como si casi no nos conociéramos. La verdad es que Clara y yo habíamos coincidido en todos los cursos y, sin ser amigos a la usanza o a la vista, cuando teníamos ocasión como ahora éramos bastante cercanos pudiendo hablar de lo que fuera al margen de los temas recurrentes.

Caminando con esa tesitura tan paliquera no nos dimos cuenta de que Pico se nos había escapado de la vista e incluso su voz de grillo chillón tampoco resonaba en nuestros oídos. Tanta tranquilidad nos hizo subir el nivel de nuestra charla, tanto que al cruzarnos la mirada (sin decir palabra alguna) nos juramos amistad eterna.

Ese mágico momento duro eso, un instante. Al unísono nos giramos en redondo tratando de localizar a nuestro pequeño perdiguero humano. No había rastro de él y cuando a grito pelado lo llamamos por el nombre tampoco obtuvimos de respuesta su chillona voz. Si justo en el momento anterior nuestra mirada no nos hubiera sellado amistad verdadera seguro que no habríamos actuado como lo hicimos.

No habrían pasado más de cinco minutos desde que perdiéramos la comunicación visual o auditiva con Pico. Así que deshacer nuestros pasos y mirar en cualquier recoveco que pudiera ser un camino fue lo que acordamos. Estuvimos más de una hora haciendo el recorrido en espiral sin ningún éxito. Tampoco nos cruzamos con nadie más que pudiera echarnos una mano.

Clara y yo decidimos, esta vez aparte de con la mirada con palabras de nuestras bocas, seguir buscando al pequeño sin perdernos nosotros de vista. Ella tomaba un lado y yo el contrario para luego en círculo cerrar el abanico. El método era bueno, pero siendo únicamente dos bastante lento con todas las sendas que aquel maldito bosque tenía.

Si algo compartíamos Clara y yo, antes de nuestra recién confirmada amistad, era una tenacidad que todos aquellos que no saben lo que significa tacharían de cabezonería o testarudez. A eso de las tres, ya en casa nos habrían echado en falta para comer, vimos sobre unas piedras sentado un cuerpo menudo, pálido y silente.

Nuestra alegría se tornó agridulce al ver en ese estado a Pico. Al ponernos delante de él, Clara se mordió las palabras de reprimenda que por su boca estaban a punto de salir. El pequeño nos miró como si viera a alguien de más allá y con voz grave, nada que ver con su pito habitual, nos dijo que había encontrado el claro de las almas y que las había visto.

Por su cambio de aspecto y el inusual tono de vez, al mirarnos estupefactos, Clara y yo, supimos que no era una broma o la tomadura típica de pelo del Día de Todos los Santos. Seguro que el pequeño Pico algo habría visto porque ni queriendo el inquieto chiquillo que empezó con nosotros la aventura del bosque hubiera podido.

Tal vez el pequeño chichón que tenía en la frente fuera causa de esa alucinación, pero cuando nos dijo que su abuelo después de él tropezar con una rama y caer rodando hasta abajo, le había llevado de la mano a esta esas piedras y que sentará que allí a esperar a Clarita, que pronto lo encontraría. Nosotros nos quedamos (literalmente) de piedra con esa lapidaria confidencia.

Yo sabía, por esas conversaciones profundas que de vez en cuando habíamos tenido, que a Clara se le aparecía en sueños; sobre todo cuando había algo que le tuviera nerviosa o inquieta. Su abuelo murió cuando ella únicamente tenía cuatro años, así que su primo Pico, con dos años, solo podría conocerlo en fotografía.

La búsqueda para nosotros aquel Día de Todos los Santos había acabado y los tres juramos no contar a nadie lo ocurrido. El camino de vuelta fue tranquilo, Pico pasó de ser un niño inquieto y gritón a un preadolescente pensativo y sosegado. Clara y yo ahora compartíamos un secreto que reforzaría más nuestra amistad ante el drástico cambio que nos avecinaría al empezar el instituto.

3 comentarios sobre “VadeReto (OCTUBRE 2022).-

  1. Buenos días, JM.
    Un precioso relato de amistad y fantasía.
    Los secretos unen y, al menos en este caso, no hubo desgracias que lamentar. Tan solo el no haber descubierto el misterio para los mayores, pero teniendo en cuenta la reacción del pequeño, a lo mejor tampoco les importó demasiado.
    Las aventuras a esas edades siempre son especiales, aunque no haya leyendas o misterios, los bosques y parques siempre sirven para magníficas aventura. Cuando empiezan a crecer, también. 😜😝
    Felicidades por el relato y gracias por la aportación al VadeReto.
    Un buen colofón al mes otoñal.
    Un abrazo 🤗👍🏼🍻🍻🍻🍻

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  2. Pobre Pico, perdió de golpe su espontaneidad. Ahí estaba el abuelo, sin estar pero a su lado. El misterio de irse y poder volver, ¿se puede volver o no se van?
    A mí me hace pensar. Por un lado me gustaría poder, por un rato, poder volver a hablar con personas queridas que ya no están. Por otro lado recuerdo la frase se despedida «descanse en paz».
    Después de u tiempo alejada de la red, me ha gustado leer esta tu participación al VadeReto. Siempre un placer.
    Saludos

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