El bosque de la Navidad perenne
Prólogo
Los azahares de la vida con sus idas y venidas, o sus altos y bajos, cual loca montaña rusa acabaron con mi culo en una vieja cabaña (como yo o incluso más) en mitad de un bosque, y de la nada, lejos de cualquier civilización humana; hasta la estación de servicio situada en un extremo ya era totalmente autónoma y vigilada en remoto.
Cuando estás de vuelta de todo, nada te satisface, ni personas, ni posesiones, ni meta alguna. Al jubilarme lo tuve claro y hacerme un ermitaño en mitad de la Naturaleza era lo único social que no había probado y por ende hastiado. Al encontrar este chollo en medio del bosque y lejos de cualquier pueblo vendí todo y aquí me trasladé.
Mi único contacto con el mundo era a través de la estación de servicio que contaba con Internet y taquillas de reparto pudiendo hacer mis compras telemáticas una o dos veces al mes; además, en mi actual situación, tampoco necesitaba gran cosa.
El encuentro
Llevaba unas cuantas quincenas en mi nuevo hogar, esta era mi forma de controlar el tiempo por mis visitas a la estación de servicio, aunque la verdad podían ser lo mismo de siete días que de diecisiete; según mis necesidades de avituallamiento. Iba en bicicleta o patinete eléctrico según las ganas que tuviera de pedalear ese día.
Al llegar a la estación de servicio, alumbrado por el despejado despertar de esa fresca mañana (ya debía ser invierno o casi), a medida que me aproximaba a la deshumanizada gasolinera me pareció ver una silueta humana y joder femenina; a buenas horas mangas verdes.
La vista no me había engañado y cuando aparqué mi patinete junto al cargador contemple a la mujer. Hacía ya meses que no hablaba con nadie y ante la impronta saludé con unos sonoros buenos días. Ella me miró como si me estuviera esperando y me devolvió el saludo.
Nos pasamos toda la mañana hablando, bueno más bien parecía que yo estuviera rellenando una encuesta acerca de mi vida, pero no me importó (de vez en cuando tener compañía humana tampoco le viene mal a un viejo gruñón) y de hecho a medio día hasta comimos juntos allí.
De regreso en mi monopatín caí en el detalle de que si bien no pude determinar la edad de mi interlocutora (entre joven, adulta o ya madura) sí que tenía unos hipnóticos ojos verdes a juego con su espléndida melena del mismo color. También me recreé la mente pensando en todas esas preguntas que me realizó; ni San Pedro, a las puertas del Cielo, me habría cuestionado con semejante reválida acerca de mi vida.
No obstante, al llegar a mi cabaña, que adornaba su tejado con una fina capa de nieve al igual que la frágil alfombra blanca del último trecho, me sentía de lo más contento, por el inesperado encuentro, la compañía y la charla, tarareando algo irreconocible que mi oído interno quería identificar como una tonada infantil.
Por los diversos recibos de la estación de servicio me di cuenta de que la fecha de hoy era precisamente la de Navidad (otro motivo para el tarareo en mi niñez), curioso que se me hubiera despistado día tan señalado; una buena excusa para, en la cena del día anterior, tomarme una o dos copitas antes de irme a dormir.
Con retraso me llegó este espíritu navideño que únicamente recordaba tener en mi mejor época de la vida, mi niñez. La charla entrevista con la señora de la melena verde tuvo unas cuantas preguntas referentes, precisamente, a mi etapa más feliz en cuanto a edad y los días de la misma en que más se resaltaba esa alegría.
Después de tantos años sin celebrar la Navidad, salvo por algunos lejanos recuerdos de mis primeros años, ya no era ni parecido. Lo de pegarme atracones o comprar cosas compulsivamente pertenecía al pasado, incluidos los adornos o el dichoso arbolito. Ahora los tenía a la puerta de casa y bien grandes aunque sus galas solo fueran las de unos pocos copos de nieve encima.
Estando allí tan solo, lejos de cualquier oído humano, no me importó pasar del tarareo al canturreo desafinado y rayado (lo único que recordaba) de las canciones de mi infancia. Esta inesperada alegría la regué bien en la cena recuperando con intereses las copas que no tomé en Nochebuena.
De la mesa al camastro de mi cabaña había dos pasos justos así que, aun estando como una cuba, no tendría mayor problema en echarme cuando la botella, de mí se despidiera, por falta de liquidez. En esta ocasión los recuerdos de aquellas lejanas navidades de mis primeros años de infancia se fueron ordenando para pasar por mi mente como en una película.
Sé que entre esas imágenes tan gratificantes como a cámara lenta para no perder detalle me acosté. Y justo cuando cerré los ojos pasé de espectador a ser protagonista de aquella producción. Era todo como un bucle donde en cada nuevo pasé había alguna pequeña diferencia, pero siempre mejorando lo anterior.
Esta historia no tiene final porque el tiempo solo cuenta el presente y, en cada nueva versión de mi infancia, se vuelve a resetear. Al principio no lo entendía, pero mi nueva amiga, una niña de mi edad, e igual de traviesa y tan rebelde como yo mismo, me lo ha dicho.
Ella ahí, en esa eterna Navidad, lleva más tiempo que yo y por ello bien lo sabe. De hecho, únicamente, solo se salió un rato para buscar a alguien como ella para jugar. Yo no paro de reírme con sus historias tan mágicas como reales y ella no puede evitar llamarme bobo o darme un capón.
Pero, al momento, me coge de la mano y me lleva corriendo para demostrarme que sus fantásticos cuentos, allí, son cosas que pasan de verdad. Cuando, con mis ojos como platos, yo lo compruebo y la miro estupefacto (para despistar). Y al momento, justo antes de echarme a correr, la tiro de su larga melena verde; para al rato dejarme coger y, con otra de sus maravillosas historias, volver a empezar.
Epílogo
Hace ya muchos años más de un siglo, también por Navidad, una niña (casi un bebé) fue abandonada en lo más profundo del bosque. Un ser tan indefenso no podría subsistir ni ser nunca allí encontrado.
Pero aquellos avariciosos tutores (la pequeña era huérfana) que no querían que la niña heredase la hacienda de sus abuelos no contaron el espíritu mágico de aquel bosque. La infanta, efectivamente, desaparecería de la dimensión humana y se convertiría en una ninfa del bosque de ahí que sus ojos, al igual que su hermosa melena, fueran verdes intensos.
De la vil pareja solo diré que poco pudieron disfrutar de la fortuna robada usando a su propia hija como sustituta de la heredera verdadera. Los tres, glotones insaciables, rabiaron semana y media hasta morir al comer un suculento revuelto de setas.
Así la fortuna de aquella familia, ya sin descendientes verdaderos ni falsos, fue íntegramente a una fundación de protección del bosque como se indicaba, en ese caso, en el propio testamento.
El espíritu del bosque es sabio como hijo predilecto de su madre Naturaleza y lo mismo que acogió a aquella indefensa niña hizo lo propio con el huraño viejo huérfano de la Navidad como tal desde su infancia.
En la siguiente primavera la vegetación ya se encargará de cubrir el camino de acceso a la cabaña de mitad del bosque. Lo mismo que las zarzas y demás trepadoras se encargaran de camuflarla así como cualquier otro vestigio humano.

Hola JM.
Pues esta vez sí que te has atrasado un poco con el VadeReto del mes. ¿Noviembre 2022? ¡¡Ja Ja Ja!! 🤣😂🤣 ¿O era sólo para despistarnos?
Sea del mes, el año o el siglo que sea, me gusta leer cuentos y más cuando son como este tuyo, lleno de magia y de imágenes por las que voy caminando.
¡Me encantó la Navidad de los espíritus del bosque! Y espero que sigan disfrutando felices de sus charlas y sus correrías, haciéndose compañía en medio de la intacta naturaleza.
¡Feliz Navidad! O mejor aún, ¡Feliz vida, amigo!
Un abrazo grande.
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Hola, Marlen, que tienes razón en cuanto a mí retraso es tan obvio como indiscutible. Desde que desperté el otro blog para los relatos de El tintero de oro, he acumulado un retraso en este de vergüenza ajena; ni soy capaz de mirarme al espejo.
Por eso he aprovechado esta semana para cerrar el VadeReto del 2022 con los dos meses que me faltaban.
Me alegro de que te haya gustado esta historia entre lo real y lo deseado. Te garantizo que esos dos niños van a seguir allí, con sus historias y travesuras, toda la Eternidad y más; Joder, solo de pensarlo, no veas la envidia que me da.
Gracias por pasar y comentar, espero poder devolverte alguna visita durante este verano. 🖐🏻
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Hola, JM.
Sentir el espíritu navideño en pleno julio no pasa todos los años. Saborear tus preciosos cuentos, sea en la fecha que sea, siempre es un regalo que agradecer.
La verdad es que en un principio me he identificado con tu protagonista. Es uno de mis objetivos truncados y que, definitivamente, nunca me atreveré a hacer. Pero para eso están los sueños o los cuentos como el tuyo.
Cada vez que he pisado un bosque he sentido esa magia particular que te da la inmersión en plena naturaleza. Yo que soy más de costa y playa, siento la necesidad de aspirar, de vez en cuando, esa atmófera y sentir como la imaginación me juega sus travesuras. Quién sabe, la próxima vez, lo mismo veo a tu niña de verde melena. Aunque, igual que el protagonista, no sea un saludo sino una despedida. Toquemos madera.
Pero hacerlo de esa forma tan bella y placentera; convirtiéndose de nuevo en niño, niño feliz y acompañado de una preciosa ninfa. ¡Maravilloso!
Muchas gracias por tu participación. Siempre es un placer leerte, amigo. Te mando cervezas de refuerzo por si quieres seguir con las tareas pendientes. 😜🤗🍻🍻🍻🍻🍻🍻🍻🍻🍻🍻🍻🍻
¡¡¡Abraazooo gordoooo!!!
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Hola, JA. Me alegro de que la historia te haya gustado. Yo soy de playa y mar, pero me gusta tener el bosque al lado, será porque aquí lo tengo y se complementan.
Yo si acierto a encontrar el paso al bosque mágico igual me quedo allí un poquito de eternidad 🤣🤣🤣
Bueno, pues otro menos, y que siga la ronda 🍻🍻🍻🖐🏻
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