Eli Ripley IV «Un sombrero nuevo para una nueva vida» by Luna Paniagua


Del relato original de: «Un sombrero nuevo para una nueva vida» de Luna Paniagua y después de su paso por El Paraíso  y su affaire en París nuestra protagonista sigue sus andanzas y, cómo no. comprando sombreros.


IV

La pequeña sombrerería de enfrente de la estación no era nada especial, simplemente, le sirvió a Eli Ripley a pasar un rato probándose los modelos típicos de otoño mientras hacia tiempo para tomar su tren, eso sí se cogió un gorrito para la lluvia a juego con su chubasquero.

Durante su viaje por la campiña galesa, Eli repaso su papel en esta aventura. No la hacia ninguna falta el trabajo de ama de llaves en un palacete pero, pasar el otoño a cargo de un caserón, le serviría de relax y recogimiento hasta que en Christmas llegaran los propietarios y sus familiares a celebrar esas típicas fiestas. Por su parte, la agencia de colocación no tuvo ninguna duda de sus credenciales, viendo su amplia sonrisa y esa mirada tan inocente.

Al apearse en la pequeña estación el único coche de alquiler del pueblo la estaba esperando para llevarla a su destino, Manor Loslys a unas cinco millas de la villa del mismo nombre. El conductor, que también era el tabernero del pub, rompió el hielo ofreciéndose a llevarle la compra de la tienda, que su propia mujer regentaba, sin coste adicional a partir de 25 libras por pedido. Miss Ripley asintió desde atrás con su inconfundible sonrisa.

Las dos primeras semanas en Manor Loslys, Eli se las pasó recorriendo y aprendiendo las estancias de esa enorme construcción de tres plantas, y edificios aledaños, las tardes las pasaba acomodada, en la gran y acorde biblioteca, leyendo sentada frente a la chimenea; donde, el crepitar de alguna madera húmeda, la hacia levantar la vista y saciar la mirada con esa paz.

Todo pasa por algo y lo que acontece también sirve de aviso de lo que ocurrirá. Por la mañana el taxista repartidor, se ofreció a llevar a Eli a la posada de la villa porque llegaba una fuerte tormenta, típica de esta estación, para que no estuviera sola en el caserón; solamente tendría que dejar conectadas las alarmas y, al día siguiente pasado lo peor, la volvería a traer de vuelta. Miss Ripley, con su mirada más inocente, rechazo el ofrecimiento diciendo que en su valle natal, también gales, ya se acostumbró a esas noches de tormenta y no la asustaban. 

Esa noche, efectivamente, fue de diablos y centellas y, al primer rayo cercano, saltó tanto el alumbrado como la línea telefónica; pero, el grupo electrógeno, entró a los cinco minutos, como Eli lo dejó programado. De madrugada la alarma saltó y, entre el ruido de la lluvia y el viento, a la guardesa del caserón le pareció oír unos juramentos; como alaridos en mitad de esa noche de perros y, a continuación, el motor de un vehículo alejándose presuroso.

Por la mañana, la policía visitó Manor Loslys, y mientras tomaban el generoso té con pastas que Eli sirvió al inspector y su sargento, revisaron los DVD´s de seguridad. El taxista del pueblo acompañado de otro individuo; que luego se le reconoció como su primo, el electricista que regentaba la ferretería del pueblo; se les veía claramente intentando forzar la verja de entrada y huir apresuradamente entre juramentos, cuando las luces y la alarma empezaron a parpadear y ulular a toda intensidad, en esa noche de perros.

En su inspección y reconocimiento de la mansión Eli se encontró con el generador auxiliar y se dio cuenta que había sido bien mantenido, el deposito estaba lleno, el motor engrasado y la batería de arranque cargada; pero en cambio, en la caja de control, había un contacto suelto como si fuera por casualidad. La imaginación de Miss Ripley, no tardó en poner las piezas que le faltaban al puzzle, al tiempo que conexionaba correctamente el arranque del grupo electrógeno. 

Una mirada inocente con una amplia sonrisa, no es sinónimo de bobería en una mujer, y Eli Ripley siempre tuvo curiosidad por como funcionan los aparatos y los chismes. Así que no le importaba, lo más mínimo, apuntarse a cursos para adultos, aunque fuera la única alumna de su clase.


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