Diario de un Percebe (soso): Mis memorias «El psicólogo de mi barrio»


Hace ya unos cuantos años, me gustaría decir que en el siglo pasado pero a tanto no llegará, en el entresuelo o primero según se quiera ver al estar a pie de portal, se alquiló el piso que durante muchos años fue una pequeña academia y después local comercial.

El nuevo inquilino en su puerta, que perfectamente se ve desde el portal, puso un parco pero llamativo letrero donde rezaba solamente PSICÓLOGO. Era un hombre sin llegar a la treintena de aspecto vivaz y divertido. Era como una mezcla entre Groucho Marx; menudo, moreno, inquieto, con gafitas redondas y espesas cejas, le fallaba solamente el bigote; y Ned Flandes por su particular tono de voz y esa amaneradita forma de expresarse.

Yo nunca me había planteado siquiera visitar para probar a un analista de cocos, con el Vanjav ya tengo psicólogo y loquero en casa a jornada completa. El caso es que me pilló en un momento de estado de ánimo bastante chungo y no me pareció mal pedir una segunda opinión, además más a mano no lo iba a tener.

Así que una tarde le dije al JM que me iba a dar una vuelta. En aquella época yo me obligaba a salir cada día, aunque solo fuera para dar una vuelta a la calle, y tomarme un respiro de las otras mil vueltas que en casa mi mente ya daba. Al bajar al portal subí las escaleras hasta el entresuelo del letrero y llamé al timbre.

Tuve suerte, el propio psicólogo me abrió la puerta y ya en el intercambio de saludos, a pesar de mi bajo estado de ánimo, me tuve que morder la lengua para no sonreír al escuchar a este Groucho con la voz de Flanders. El piso respetaba el contorno de los de encima salvo que algunas habitaciones habían quedado diáfanas para dar más amplitud a su cometido como local comercial. Al fondo, lo que era el salón de los pisos aquí seria el despacho de mi tratamiento.

No había diván pero si un gran sofá y dos cómodas butacas enfrentadas a la mesa del psicólogo. Le pregunté la tarifa por la visita y se la aboné antes de que me pudiera arrepentir. Al estar yo solo, Vanjav seguia en casa, opté por sentarme en uno de los sillones, él giró ligeramente su silla ergonómica hasta coincidir perpendicularmente conmigo, me miro fijamente y empezó a hablar.

Su monólogo trataba, a modo de introducción rompehielos, sobre las bondades que ofrece la psicología para mejorar nuestro estado de ánimo. Sus palabras eran remarcadas por el movimiento continuo de sus cejas. Por supuesto que yo estaba tenso, oyéndolo no podía dejar de morderme casi hasta hacerme sangre, la lengua y evitar soltar una carcajada; abatido como yo estaba, y que me riera a carcajadas con este Groucho de voz tan finolis, seguro que sería un buen motivo para mi internamiento.

Después de su monólogo vino la cuestión que me salvó de tanta risa contenida, pues me sirvió para poderme meter de lleno en el papel que era la causa de que esa tarde yo estuviera allí. Me hizo la pregunta del millón, ¿cómo te encuentras y sientes hoy? Al fin puede liberar, literalmente mi lengua, de la presión de mis incisivos. Me tomé un respiro de alivio y con voz suave, seguramente contagiada por la suya, le solté mi respuesta:

«Hoy me siento como un perro, dejado en mitad del campo (en mi caso desierto), que no puede dar crédito a su triste y penosa situación. Me encuentro perdido y al tiempo me siento abandonado; sin rumbo, caminando en círculos, que cada vez más me acercan a un remolino de completa desesperación...»

Iba a seguir en mi exposición cuando el joven psicólogo levantó una mano como signo de pausa. Acto seguido, de un cajón de su mesa, saco un pequeño bote y, sin agua ni nada, se tragó varias pastillas de golpe. A continuación cogió su cartera, y me devolvió los sesenta euros de la visita, como gesto unilateral para anular nuestro reciente acuerdo mercantil.

En los días siguientes, cosas de la vida y que él era vecino del entresuelo de mi portal, me lo cruzaba a diario. En todas estas ocasiones a mi espontáneo saludo; a todos los vecinos como un resorte en cuanto los veo, un hola, buenos días, o el clásico adiós, según lo que corresponda, les suelto sin esperar el suyo; el joven psicólogo (para mis adentros su mote era sicológuito) me lo devolvía con un gesto que yo creo era algo tembloroso acompañado por una esquiva mirada.

El caso es que en unas semanas esa puerta volvió a quedarse disponible en alquiler. Yo no he vuelto a saber nada de aquel curioso personaje al que ya de joven poco le quedará. Por mi parte, desde entonces, tampoco he intentado segundas opiniones y si la del Vanjav no me convence hago justo lo contrario; por eso, igual ahora, El Percebe me suelen llamar.


Eso es todo por hoy vecinitos, hasta otro diita o lueguito

4 comentarios sobre “Diario de un Percebe (soso): Mis memorias «El psicólogo de mi barrio»

    1. El Percebe es un caso especial y mucho para un psicólogo novato. Sobre todo si ya en la primera charla se suelta así dándole de comer toda la carta y hasta el menú del día. Te contesto yo aunque sea su entrada porque si lo hace él igual te espanta. Bueno, también lo hago porque me gusta meterme en sus cosas como él hace conmigo 😂🤣
      Gracias Estrella por pasar y participar 💫🖐️

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    1. Sí, pobre Vanjav 😂😂
      Se merece eso y más es tan plano en su autosuficiencia que no se da cuenta de que yo soy la dimensión que le da el fondo y por lo tanto volumen.
      En cuanto al pobre psicólogo debía haber hecho sus prácticas en un parvulario. Aunque igual yo cogí demasiada confianza en la primera charla y le puse al borde de un abismo, el mío, para nada superficial y sí de lo más profundo.
      🖐

      Le gusta a 1 persona

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