Re: LOS ANILLOS DE LA MEMORIA by Paco Castelao


El blog vecino CastroArgul del compañero Paco Castelao nos presentó una estrada policiaca llamada Los anillos de la memoria para el desafío de este diciembre de El Tintero de Oro. Ahora que ya ha pasado el plazo, tanto de las publicaciones como de las votaciones, quiero dar mi versión de los hechos a tan inquietante caso.

Epílogo

Al salir por la puerta el veterano inspector observo a los dos hijos del finado. Estos con la mirada baja hicieron un gesto con la cabeza a modo de despedida. Durante el regreso en coche a la capital el sargento seguía dándole vueltas en alto a su estrambótica teoría del caso. Por su parte, el viejo policía, sopesaba lo que haría al respecto; Fingía escuchar a su joven compañero, con la mirada perdida en el paisaje, repasando su propia teoría más próxima a la realidad.

Un mes después la investigación, y al no encontrar el forense prueba alguna de agresión o defensa en el cadáver del viejo, se determinó que este por algún motivo perdió la razón, se encerró en la habitación redondeándose con los muebles a modo de testigos y se suicidó; los primeros síntomas de asfixia le provocaron un letal ataque al corazón. Lo de bloquear el arcón con él dentro quedó algo confuso, pero con una disposición de los muebles en equilibrio a modo de trampa mortal, quedaría este truco de magia resuelto.

El comienzo de la primavera siguiente coincidió con la jubilación del veterano inspector, detective por vocación aparte de profesionalmente, dejo su bandeja de casos pendientes vacía al salir del cuerpo. Solamente, le rondaba uno de los últimos por su cabeza, y quiso averiguarlo personalmente. Tenía que saber si con su decisión hizo un favor a la justicia; o bien, si su entrenado instinto, finalmente le traiciono.

Al llegar a la enorme casa de campo su aspecto era completamente distinto. De sombría, vieja y descuidada de arreglos, parecía ahora relucir brillante y colorida al sol de la primavera. Los dos hermanos, aún siendo mayores y con el pelo blanco parecían también más campechanos y coloridos. Les había desaparecido ese halo gris, tanto en lo personal como de su aspecto, que los envolvió durante toda la investigación.

En esta ocasión los tres se miraron de frente, llanamente y sin recelo; solamente un atisbo de interrogación en los ojos de los hermanos pudo escrutar el recién llegado. El gesto complacido del expolicía, como de alguien que ha obrado bien, dio tranquilidad a las dos siluetas que tenía frente a él. Después de esa visita por sorpresa los dos anfitriones le mostraron su cuidada finca, ahora dedicada a macizos de flores, árboles frutales y un bien cuidado huerto. En el hueco del tocón del viejo castaño había uno mucho más joven y fino, protegido por cuatro varas de avellano.

Después de esta visita guiada, siendo ya más de mediodía, el jubilado del cuerpo no declinó la sincera invitación a comer por parte de sus anfitriones. Lo hicieron en la sala, la misma que hace meses fue escenario de un crimen. Ahora la luz ya entraba en aquel sombrío comedor, el repintado blanco de sus paredes había borrado cualquier recuerdo de lo que allí aconteció; por supuesto, el sólido mobiliario de castaño, ocupaba la disposición adecuada. El almuerzo no fue sofisticado pero sí abundante y sabroso acompañado de una sobremesa distendida y amistosa.

De vuelta a casa el detective, ahora ya solo aficionado no profesional, repasaba los hechos del caso como si a través del parabrisas se proyectaran:

Antecedentes. El padre consiguió que sus dos hijos de jóvenes no se marcharan, doblegando a su mujer para que como madre los convenciera. El que su esposa fuera algo delicada del corazón le vino bien para mantener una unidad familiar, casi de esclavitud con sus hijos. Finalmente, al morir la madre, el viejo fingió ser él el enfermo, que ya le quedaba poco en este mundo, y que la hacienda se perdería si lo dejaban solo allí. Treinta años más de engaños y maltrato para unos hijos, que ahora eran ya unos sexagenarios solterones y sin un futuro fuera de ese caserón prisión, siendo su propio padre el carcelero mayor.

Motivación detonante. Cuando el viejo cascarrabias mando cortar al grandioso y noble castaño se fijó también su propia sentencia de muerte. Un esplendor y una grandeza que contrastaba con la decrepitud propia, de sus muchos años, y la ruindad de su persona; lo veía como un insulto y traición hacía quien lo plantó. El árbol, en cambio, para los hermanos era como un símbolo de libertad en aquella condenada y apartada vida que llevaban. Si le había llegado su hora; a ese frondoso mentor, de los sueños de toda una vida, que junto a él compartieron; al juez de aquella injusta sentencia exactamente igual.

Ejecución del plan. Lo prepararon todo como en este último almuerzo; el viejo se iría, como cualquier ajusticiado, bien comido y bebido para el otro barrio. La edad pasa factura hasta a los más desalmados, su habitual cabezada de la sobremesa, fue también la última para este condenado. Rápidamente y con cuidado para que no se despertará lo acomodaron en el arcón, al cerrar la tapa sin oírlo protestar volvieron a respirar los dos hermanos. Después, dispusieron los muebles, como en la escena de este juicio final de su padre. Arrimaron la mesa a la puerta de la sala y, mientras el hijo la levantaba de un extremo, su hermana colocaba en el suelo un viejo hule de plástico doblado a lo largo, desde el pasillo hasta debajo de aquellas fuertes patas de madera. Ya desde fuera tirando ambos del mantel, a medida que se iba cerrando la puerta, les pareció oír la tan familiar y odiada exigente voz de su progenitor; que, ni estando a punto de morir, suplicaba clemencia o perdón. Al hacer tope la mesa, solamente les restaría tirar suavemente del resto del hule por debajo de la puerta, para dejar la sala completamente precintada.

Llegando ya a la ciudad el viejo detective asintió, con la cabeza al parabrisas, como si afirmativamente lo saludara. La justicia fue ciega con estos hermanos durante toda su vida mientras su cruel padre les condenaba, a esa servidumbre incondicional, con su chantaje emocional. Justo es que la señora de la balanza siga ciega cuando los culpables del parricidio ya habían cumplido su condena de antemano.


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