La última cita

Prólogo..

La vida son estaciones y casi sin darnos cuenta pasamos de una a otra. Así que cuando llegamos al otoño de nuestra existencia tenemos a la vuelta de la esquina el frío invierno de nuestra próxima sepultura.

Yo llevo sin hojas en mi copa hace bastante tiempo ya y ni pienso ponerme un peluquín o hacerme un trasplante. Tal vez la alopecia me llegó antes de tiempo, pero al igual que los cardos borriqueros pienso seguir así de feo sin marchitarme como mis más agraciados semejantes.

De hecho, he conocido a bastantes que según sus seres queridos se fueron en la flor de la vida, pues que dirán de mí. La verdad que es que me da exactamente igual, peor para La Parca que le tocará bailar con el más feo.

Bromas aparte tampoco soy un espanto y de salud lo normal, pero más bien por las modas actuales de bajar las tablas a los índices de modelos de fitness. Una cosa son los excesos con el alcohol o la comida rica y otra no poder tomarse una cerveza o un vaso de vino con las comidas o los amigos, o bien una chuleta de vez en cuando.

Vale ya dejo el rollo y me voy al tema en cuestión de esta reunión de puretas con un pie en el estribo del último tren. No quería contar mi historia, pero el resto ya hizo lo propio así que comenzaré a contar lo que me paso en mí…

… última cita.

Lo de enrollarme en chats al uso o crear perfiles trucados en las redes sociales para mayores no es lo mío. Más que nada porque si yo como un advenedizo sería capaz de ello, los profesionales del timo o el engaño me embaucarían a la primera, segunda, y tercera de cambio.

Por eso decidí usar la vieja usanza de las redes sociales reales pasando de las virtuales. Acudir con regularidad a ciertas cafeterías o bares te origina una ficha entre sus parroquianos (en mi caso parroquianas) y después de una temporada saludar o tener una breve conversación no resulta fuera de lugar.

Mi sorpresa fue cuando, precisamente, a la señora que yo más la empezaba a echar el ojo fue ella quien tomó la iniciativa. Tal vez yo provoqué la situación al mirarla, inconscientemente, por sentarse en la misma mesa o bien en la barra siempre sola, vestida muy elegante y predominando el negro.

Siendo ambos más que veteranos, únicamente, me sorprendió su templada y profunda voz cuando me preguntó si podía aproximarle el servilletero. Reconozco que ante el sonido de sus palabras me sentí subyugado y sin llegar a mirarla puse dicho accesorio entre ambos.

Cuando me dio las gracias con esa misma hipnótica entonación me gire hacia ella medio sonrojado para tartamudear «un de nada» que sonó como una metralleta a medio encasquillar. Al sonreírse por mi silábica verborrea me fijé en su cara y, de paso, en todo lo demás.

Su rostro era pálido ligeramente matizado por el maquillaje, nada de capas (y más capas) de colorete. Las arrugas, aunque presentes, eran más bien incipientes que profundas realzando su amplia sonrisa. En cuanto al resto del cuerpo que hasta ahora, curiosamente, nada más me había fijado por ir embutido en negro, resultaba también agraciado sin ser espectacular ni llamar la atención; como otras, del mismo lugar, que sí lo usaban cual reclamo de miradas complacientes.

Me tomé un lento y largo sorbo de mi copa para pasar ese mal rato, todavía estaba sonrojado y más al haberme percatado del atractivo de mi interlocutora; más del que me parecía recordar. Ella, por su parte, con suma elegancia tomó un sorbo de su café mirándome de soslayo con todavía media sonrisa.

Ahora fui yo quien siguió la conversación, y por fortuna sin silabear, echando el resto. Tampoco es que yo fuera muy ingenioso en mi palabrería, pero aduciendo a mi anterior tembleque vocal y su sonrisa me fui remando, poco a poco, hasta su oído. Algo que fue propiciado por ella misma con algunos síes intercalados entre mis comentarios.

En principio, no quedábamos, ni siquiera nos pasamos los números del móvil. Cada tarde nos buscábamos en la barra y durante una hora o poco más hablábamos con la mayor naturalidad. Éramos dos conocidos de cafetería, ni amigos, ni mucho menos pareja, pero más fieles a ese diario compromiso que si hubiéramos tenido la mayor confianza y proximidad.

Aquella hora diaria, incluidos domingos y fiestas de guardar, me hizo replantearme el resto del tiempo de mi existencia y llegué a la conclusión de que ya no podría vivir sin tener esa conversación con aquella enigmática señora vestida siempre de negro.

Mis compañeros de la reunión no se mostraron muy complacidos con mi historia, pero tampoco les resulto un coñazo; además, ahora, ya viene gente nueva que no entiende mucho de romanticismo.

Cada vez somos más en esta tertulia y como se solía decir antaño caen como moscas. Como ya comenté, los aquí presentes estamos con un pie en el más allá y el otro en La Tierra, pero desde el plano espectral o fantasmagórico. Y es que, en esta fría y húmeda esquina norte del cementerio, únicamente se esparcen las cenizas de quienes nadie ha reclamado en su cremación.

Epílogo

Por enésima vez hemos recordado nuestro primer encuentro en la cafetería del tanatorio. En aquella ocasión casi ni nos fijamos el uno en el otro, habíamos ido a despedir a una tía y un amigo respectivamente. Pero sí tuvimos durante un momento un cruce de miradas, con una especie de déjà vu, mutuo.

Cuando me toco a mi ser el finado y me pasé por la cafetería la gente no me veía y el camarero me ignoraba, pero yo aún en mi lógica confusión seguía puntualmente asistiendo a este punto de reunión. Tardé tiempo (visitas y más visitas) en diferenciar a vivos de espectros itinerantes; como yo lo era ahora mismo.

Las reuniones del cementerio tampoco me aportaban mucho, solo que algún día me marcharía a la Eternidad y cuando eso pasase ya no volvería por aquí; al menos, que se sepa, nadie lo ha hecho.

A mi señora de negro la volví a ver alguna otra vez en la cafetería, pero hasta que no me pidió el servilletero no me di cuenta de que ella también acababa de pasar al otro lado, al mío, por eso me veía y me podía hablar.

Ahora, en este limbo donde los relojes no tienen agujas, sé que seguiré con un pie en La Tierra mientras mi compañera de tertulia vaya a la cafetería del tanatorio, sus cenizas reposan en la arboleda de una finca familiar. Y solo aquí, en este cafeto, podemos ella y yo de nuestras cosas, cada día una hora o poco más, hablar.

P.D. El servilletero, como cualquier otro objeto compartido de la cafetería, es un punto de acceso entre el mundo de los vivos y el limbo espectral. Así que mucho ojo con aquello que deseáis, si tocáis algo u os sentáis, en esta cafetería; porque… un día, vivos estaréis y al siguiente… puede que convertidos en espectros por allí ya deambuléis. 👻👻👻


Todos somos algo fantasmas y yo con 🍻🍻🍻ni te cuento JA 👻🖐️

5 comentarios sobre “VadeReto (NOVIEMBRE 2022).-

  1. Muy bueno, JM.
    Menudo cobazo me has dao. Yo pensando que nos ibas a relatar uno de tus ligues ochenteros (por la edad, no por la generación); y vas y me dices que me salté tu funeral (menos mal que virtual). ¡Desde luego! 🤦🏻‍♂️😁
    Como sueles hacer muy a menudo, nos vas metiendo en la historia de forma sigilosa para, sin que nos demos cuenta, pegarnos un brinco y vernos en otra.
    La verdad es que yo no tengo mal recuerdo de los bares del tanatorio. Ya son demasiadas las veces que he tenido que «disfrutarlo». Allí las penas se desahogan charlando y los suspiros se ahogan en cervezas o tintos de verano. Aunque nunca he tenido «el placer» de ligar en un sitio tan siniestro (en los demás, tampoco 😅).
    Aunque, como bien nos cuentas, nunca es tarde. 😂😝
    Muchas gracias por aportar este relato al VadeReto, que como digo por allí, nunca es tarde.
    Un Abrazo. 🤗👍🏻🍻🍻🍻🍻

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    1. Hola, JA, tarde, cuando entre los dos mundos estás, nunca jamás. He aprovechado el momento para, con este y el siguiente relato, cerrar mí VadeReto 2022, no vaya a ser que acabe como mí protagonista y precise de media Eternidad para al día ponerme.
      Estamos más unidos al más allá de lo que una mente racional niega. Solo con la imaginación o los sueños podemos cruzar esa barrera dimensional y, ya sea verdad o fantasía, podemos sentirla e incluso hacer las paces con alguno del otro barrio o simplemente con nuestra propia conciencia.
      ¿Sabes qué es aquello que está en todas partes, hasta en los extremos de los confines del Universo? La nada, así que se podría decir que la materia solo son impurezas en un omnipresente todo que es la nada.
      Si le das a esto un par de vueltas, mientras te refrescas con unas 🍻🍻🍻, fijo que una ronda, al menos, me das de razón 🤣🖐🏻

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      1. Es lunes, compadre. Como me tome dos cervezas y empieza a filosofar, no llego al viernes. 😂😂😂
        Pero sí, JM. Llevas mucha razón, en resumen somos nada en medio de un Universo tan inmenso y expansivo. Pero nos gusta creer que somos importantes; cuando hoy estamos aquí y mañana quién sabe.
        Refréscate e hidrátate, amigo, que las calores no son buenas y mientras haya cerveza nos sentiremos vivos. 😜🍻🍻🍻🍻🍻

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