Diario de un percebe (soso): 16 de enero, día de dotes de orientación


Hoy tuve trabajo en la provincia, la zona era bastante dispersa y con caminos más que carreteras. Además cuando acabará no me daría tiempo de volver para comer, así que tendría que buscar un sitio por la zona.

Hice bien los deberes y me marqué la ruta menos retorcida de donde tenia que hacer la inspección y encontré, también a unos pocos kilómetros recomendaciones de un bar de pueblo con comida casera.

La cosa empezó bien, llegué sin problemas al punto de trabajo, cumplimenté el acta correspondiente y llegué a las tres en punto al bar restaurante. Así que tenía tiempo de sobra para comer tranquilamente y luego, una hora, de viaje de regreso.

A las cuatro y pico de la tarde, después de haber comido como un señor, se había metido una niebla que no se veía ni la mano por delante. El paisano del bar me dijo que no había problema, en cuanto llegara a la carretera general estaría más disipada y no tendría perdida, sólo tenía que seguir el camino y a unos dos kilómetros girar a la derecha en el cruce.

Pues bien, hice lo dicho, controlé por el coche la distancia y, efectivamente a unos dos mil metros había como un cruce y gire a la derecha. A la media hora volví a aparecer en el bar, ni paré, y seguí adelante como si acabará de salir. Otros dos kilómetros y el cruce, bueno, ahora giró a la izquierda, que igual no entendí bien al tabernero.

Después de una hora a paso tortuga por la niebla, vuelvo a pasar por delante del bar donde comí, esta vez iba en sentido contrario. Maniobré para ir en la otra dirección y, haciendo un esfuerzo, entré a tomar un café para, como quien no quiere la cosa, volver a preguntar.

Ahora el tabernero me lo pintó en una servilleta de papel, él no se río pero, alguno de los cuatro vejetes de la partida de dominó, no pudo disimular una sonrisilla. El caso es que me hice el remolón por si se disipaba la niebla, aunque ya, por la hora, estaría anocheciendo. Mejor hacer amigos que enemigos, y pagué una ronda a los cuatro de la mesa, mientras miraba como jugaban.

Cuando me iba a ir, uno de los jugadores, me dijo que si esperaba a que acabara la partida, el vivía al otro lado del cruce y me podía indicar la dirección. Esa oferta no era rechazable y, a los diez minutos, ya estábamos cruzando la niebla hasta la bifurcación correcta.

Al llegar al cruce e ir a girar a la derecha mi acompañante me echó el alto —Dónde vas? Qué el cruce está ahí delante?

Efectivamente, cinco metros más allá, estaba el famoso cruce y al otro lado se quería ver, entre la niebla, un cartel indicador con la flecha a la derecha.

Ya estoy en casa, me estoy riendo como si esto le hubiera pasado a otro, y me lo acabaran de contar. El caso es que comí bien e hice unos buenos conocidos, donde Cristo dio las tres voces y se quedó afónico, para que luego digan que soy autista 😛

 

11 comentarios sobre “Diario de un percebe (soso): 16 de enero, día de dotes de orientación

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