Viernes creativos: café para dos


Viernes creativos: café para dos

Glen Martin Taylor (@glenmartintaylor)

No tenía plan para este viernes salvo la siesta acostumbrada y un par de películas de cine clásico. Así que cuando me vibró el móvil con un mensaje de WhatsApp lo miré con más indiferencia que curiosidad. La sorpresa fue que procedía de un número no registrado en mi agenda.

Con un breve texto, Hola, tomamos un café y dos iconos con la tacita, no había indicio alguno que me indicara la identidad del remitente. Pensé, por la familiaridad, de que seria de alguien con mi número memorizado por equivocación.

Seguí viendo Testigo de cargo y me olvidé del tema. Al rato una nueva vibración me volvió a sacar de la película. Esta vez aparte de repetir el mensaje salía mi nombre de pila después del saludo. Bueno, mi nombre es bastante corriente y podía seguir estado mi interlocutor equivocado.

Para evitar que se repitiera la situación opté por contestar diciendo que no sabía quién era y que seguramente se estaba equivocando. No tuve tiempo de quitar la pausa del reproductor cuando una nueva vibración seguramente de disculpa por el error acabaría con la confusión de la invitación.

Pues no, la intriga fue en aumento, cuando me dijo que si sabía perfectamente quien era yo y que nos conocimos hace tiempo ya aunque hubiéramos estado distantes. La foto que salía en su usuario era femenina en pose de retrato, pero a contraluz; con lo que sus facciones, vagamente familiares, no me sacaban de la duda.

La película se quedó pendiente para otro momento, la conversación con el móvil tomó todo mi interés. Por la forma sutil de sus respuestas evitando darme su nombre y acabar con el misterio decidí aceptar finalmente la invitación de mi interlocutora; ahora si, completamente intrigado.

No conocía el local de la cita, algo apartado de la zona transitada. Su aspecto, lleno de cuadros florales y alacenas rústicas con dispares colecciones cerámicas, me recordaba a un salón de té de época antigua. Unas pocas mesas con sillas de madera y manteles a juego con la decoración aumentaban más ese toque retro.

Llegue el primero y me senté en la mesa de la esquina junto al ventanal como acordamos en uno de los mensajes para quien primero llegara. Al poco se abrió la puerta del local y, aparte de fijarme en la mujer que acababa de entrar, me di cuenta de que solo había dos personas más en la mesa del extremo opuesto.

La recién llegada vino sin dilación a sentarse en la silla de enfrente. Estaba claro que era mi cita y yo tan despistado como de costumbre ni me había fijado todavía es su aspecto ni dato físico alguno. Ahora sentada y tomando el café prometido ya tendría tiempo para subsanar esa apatía mía así como descubrir la relación que manteniamos.

El café finalmente fueron dos acompañados de la exquisita repostería del establecimiento. A nuestra edad una cita inesperada es un lujo que merece celebrarse por todo lo alto y así lo hicimos. Fueron las dos horas más agradables que recordaba en muchos años.

Al final se aclaró todo y era más simple de lo que se podría cualquiera imaginar. La buena mujer hacía poco se había trasladado y no conocía a nadie aquí. Se le ocurrió hacer alguna amistad usando la mensajería del móvil marcando números aleatorios. Y por la forma de responder buscar un perfil afín, misma ciudad, nombre específico, solitario, tímido y algo romántico.

Yo cumplía con todo ello y ahí estaba hablando placidamente con ella. Cuando me dijo que yo era su intento número cien me sentí halagado por su tenacidad y haber dado conmigo. Aunque mi sonrisa por ello trato de disimular el rubor su mirada picarona me dejo claro que no lo había conseguido y debí de ponerme si cabe más colorado.

En las dos horas de merienda tuve tiempo de darme cuenta de que mi acompañante sin ser llamativa si tenía un físico agraciado potenciado por una elegancia innata. Su tono de voz entre cálido y misterioso manteniéndote la mirada resultaba casi hipnótico. Así que cuando al despedirnos se ofreció a llevarme en su coche la respuesta por mi parte fue un sí completamente emocionado.

Eso es lo último que recuerdo de aquella cita a ciegas tan especial. Me desperté como de un sueño tremendamente pesado, estaba de pies en un callejón. Al fondo se veía la ventana de un local que rápidamente, por la decoración, reconocí como el lado opuesto del salón de té donde había estado.

A mis pies, apoyado contra unos contenedores, un cuerpo inerte abierto prácticamente en canal, me miraba con los ojos en blanco. Sus zapatos de ante marrones me recordaron a los míos. Y tanto el pantalón de pana como la camisa de franela, a pesar de las grandes manchas de sangre, hubiera dicho que yo las tenía iguales.

La verdad es que soy despistado de narices, tarde un rato en darme cuenta de que mi ropa era idéntica. Y de que la expresión del difunto era igual que la mía si ponía yo los ojos en blanco. Por último caí en que el viernes de mi cita misteriosa era también día trece.


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