VadeReto (FEBRERO 2022).-


Nota: En esta ocasión enlazo dos retos, del mismo mes, con una misma historia. Picando el título se accede a la otra parte.


La joya de mi desván II

Aquella noche después de mucho tiempo volví a tener deseos e inquietudes. Cuando por las circunstancias estás ya de vuelta de todo la vida es solo una rutina diaria, como cruzar un desierto sin falta de agua, pero igual de estéril en cuanto a perspectivas y alicientes. Mi nueva buhardilla con vistas al mar me había devuelto, como un oasis salvador, la ilusión, el interés por algo y, literalmente, un tesoro.

Las monedas y los brillantes hallados en el viejo escritorio, aparte de una pequeña fortuna eran para mi imaginación solo las migajas de algo mucho más grande. Acostado, a través del velux, proyectaba todos estos pensamientos de tesoros ocultos y aventuras en lejanos puertos de ultramar. Hasta el fugaz paso de la gibosa creciente por la claraboya me pareció una señal.

Con tanta excitación mental dormir era una utopía, pero había celebrado este inesperado botín con unas copitas de mi ron añejo mayor de edad —destinado generalmente como uso medicinal para mis depresiones— y finalmente los vapores alcohólicos me fueron sumiendo en un sopor. Ahora estaba al timón de un barco, con la mirada al horizonte, en medio de un mar tan apacible como desértico de algo que no fuese agua.

Por la mañana con algo de resaca —los excesos con la edad pasan su factura por duplicado o triplicado— me dispuse a seguir buscando que más me ocultaba el secreter. Los únicos cajones que me quedaban por intentar desfondar eran los grandes, pero con estos el detector de metales del móvil se había mostrado completamente apático.

Sí, entre las monedas de oro y los pequeños brillantes, al venderlos tendría un capital semejante a lo que me costó este pequeño desván, pero la amenaza de volver a mi desidia por la vida estaba al acecho. Un golpe de suerte es solo un oasis para una existencia carente de expectativa alguna —como yo me decía, cuando la vida te ha vacunado para todo, día a día te morirás de aburrimiento— y vuelta a caminar sin rumbo en tu particular desierto.

Con más desgana que ilusión conseguí usar el cúter para soltar el fondo de uno de los cajones y, sin sorpresa, comprobé que no había nada oculto. Aprendida la pericia con el primero hice lo mismo con los tres restantes. Como en las películas de suspense fue el cuarto cajón quien dejo caer una cuartilla de papel, aparentemente en blanco. —No me jodas, ¿también tinta invisible?— Lo dije bien en alto como si conversara animadamente conmigo mismo.

No me costó mucho desvelar el menaje escrito con zumo de limón y lo allí escrito, aunque escueto, fue bastante revelador de lo que necesitaría para el siguiente paso de mi aventura. Aquello podía ser solo un espejismo, pero decidí seguir adelante con ello; y aunque no me llevara a ninguna parte, poder salir de mi tediosa rutina, era ya un premio de por sí.

Encendí el gran aparato de radio y salvo el clic del interruptor ni se inmutó. Por Internet lo había buscado y resultó ser un equipo muy popular entre los aficionados a la radio escucha durante los años sesenta. Visto que no funcionaba aquel armatoste no me quedó otra que quitarlo de su balda para examinarlo mejor en la mesa. Al coger aquella mole vi que por detrás, aparte del cable corriente había una bobina con aislantes que extendida debía hacer de antena.

En la mesa de mi camarote no tarde en localizar el fallo, el fusible estaba fundido. Al no tener repuesto, y para salir al paso, utilicé un trocito de aluminio de cocina como conexión provisional de la ampolla fundida de cristal. Después, todo ceremonioso como en un ritual, enchufe el receptor a la corriente y cruzando los dedos de una mano con la otra di al interruptor.

Aquello se iluminó con un tono amarillo rancio y el fuerte soplido a través del altavoz me confirmaron que mi diagnóstico acerca del fusible fue el acertado. Volví a poner el veterano receptor en su balda, pero antes desenrollé la madeja de la antena para ver como podría extenderla, seguro que mi predecesor —aquel viejo lobo de mar reservado y con tantos secretos— tenía algo bien pensado y previsto para ese menester.

En los quince metros cuadrados de mi agaterada mansarda no habría muchas formas de poner aquel tendal de cable eléctrico y aislantes. No me equivocaba y en el techo, justo encima de la balda de la radio, había una pequeña alcayata que podría sujetar el primer tramo de cable. Así, como en un puzzle de estos de unir puntos, fui montando la antena. Solo para el aislante final tuve que improvisar un agarre, al haber desaparecido la hembrilla, con un trozo cordel para pulseras —mi inconfesable y secreta terapia para la ansiedad— lo solucioné enganchando el otro extremo a la bisagra del ojo de buey.

Ahora solo me quedaba buscar en el dial de la radio la frecuencia marcada en aquel papel escrito con tinta invisible y esperar a las 03 horas GMT. Eso era todo el texto que tanto se molestó en ocultar el anterior inquilino. La tarde me la pasé poniendo pósits en el mapamundi de la pared utilizando las indicaciones del país y año de mis monedas de oro; las encontradas, tan bien ocultas en el doble fondo de los cajones pequeños, en el escritorio.

Muy de madrugada y unos diez minutos antes de la hora señalada —esto de tener dos horas de diferencia en verano, ahora todavía me parecía más rollo— encendí el superreceptor y lentamente fui buscando la frecuencia marcada entre las divisiones de su dial. La antena segmentada, por todo mi camarote desván, cumplió con su cometido y en torno a donde debía sintonizar empecé a oír recitar, lejano y con algo de desvanecimiento, números en inglés. Lo que me faltaba, la secreta frecuencia me emplazaba a una emisora de números.

Bueno, no tenía otra cosa que hacer y cuando fueron las tres horas GMT, sonó un breve pitido en la radio y la robotizada voz volvió con su secuencia numérica. Yo estaba preparado y me pasé la hora completa, hasta el siguiente pitido, apuntado en orden cada una de las cifras. Con los ojos viendo entre borroso y doble di por terminada la sesión de espía aficionado y me acosté.

Al día siguiente, por más que le diera vueltas a las hojas del blog llenas de números no le encontré ninguna secuencia coherente o patrón alguno. Por miedo de volver a caer en la rutina de la apatía —ese interminable desierto que me consumía en vida— opte por repetir la operación esa misma madrugada y comparar por la mañana las secuencias de ambos días.

Con las hojas del primer día a la izquierda de la mesa y las del segundo a la derecha me pasé la mañana cotejándolas a ver si tenían algo en común. Ya, hacía la hora de comer se me encendió la luz —con razón dicen que el hambre agudiza el ingenio— y los pocos números coincidentes de todos los apuntados me sonaban como a coordenadas.

Aquella tercera madrugada me dispuse a jugar al bingo con esos cartones rebosantes de números. Me preparé para ello cenando a la hora de merendar y forzándome después, mientras escuchaba música relajante, a echar una buena cabezada hasta la madrugada. Me costó conciliar el sueño tan temprano, pero finalmente lo conseguí y tuvo que ser el despertador quien me avisará de que estaba llegándome ya la hora de mi desafío.

Al principio no casaba ni una sola cifra en ninguna de las hojas de las dos sesiones anteriores, pero de repente hubo una secuencia que me empezó a coincidir alternando entre las dos listas. Después nada otra vez, ni un solo número, pero al rato se repitió lo mismo, una secuencia que saltaba de una a otra hoja. Al acabar mi hora de escucha numérica tenía dieciséis grupos de números seguidos en las anotaciones de cada día. Algo había ahí que no era casualidad y tenía que averiguar que narices era aquello.

El resto de la madrugada, ya no iba a pegar ojo, me lo pasé haciendo combinaciones con todas esas secuencias de números. Mi intuición de medio día había sido buena y parecían ser coordenadas en grados decimales, la parte entera en dos dígitos contiguos con un cero detrás para indicar la fracción; y con un doble cero delante si era negativo el ángulo. El resto de números de la secuencia, lógicamente, el resto de la coordenada.

Por la mañana ya no tenía la cabeza para un solo número más y, habiendo encontrado ya la clave, bien podía esperarse a que mi mente se despejara. No era cuestión de pasar de una desidia crónica a que me fuera la vida en ello y como Salomón, el término medio siempre es lo mejor. Con este pensamiento, una inesperada sonrisa, me reconfortó de adentro a fuera.

La verdad es que con este inesperado cambio de mi actitud disfrute, de las hasta entonces rutinas diarias, como si mi desierto emocional se hubiera convertido en una exótica playa. Así que me olvidé de las coordenadas y sus variables durante la semana que me tomé de relajación mental. Ahora, en mis habituales paseos marítimos hacía escala en la mitad de los bares de la travesía, para a la vuelta del mismo atracar en el resto.

Cuando me bajó la euforia de este ensimismamiento volví a estudiar los dichosos números. Igual que cuando dejas por imposible un crucigrama y a los días vuelves a intentarlo, yo empecé a buscar mis dieciséis posibles destinos. Algunos resultaron lugares imposibles de llegar y otros muy en el interior donde un barco solo podría navegar como fotografía de una postal.

Pero hubo una par de coordenadas que me marcaron un punto costero muy concreto y que, curiosamente, ya disponía de una etiqueta adhesiva en el mapamundi. Acababa de superar la siguiente fase y esta vez sí que me sentí motivado. Yo solo, sin nadie más, únicamente con unas pistas de lo más extravagantes había encontrado el nexo entre unas monedas de oro, unos pequeños brillantes, y una certera ubicación en un viejo mapa.

Con todos los años transcurridos desde 1961, fecha de acuñación de la moneda en el que supuestamente mi antecesor de buhardilla —el marino, bucanero, capitán mercante, espía, o lo que fuese— hubiera estado allí, podría significar únicamente una referencia perdida y olvidada en el tiempo. La posibilidad de que en la actualidad yo pudiese encontrar en esas coordenadas un tesoro se me antojaba más una aventura romántica, fuera de época, que algo posible o certero.

Llegado a este punto decidí darme un tiempo, para ver si continuaba con esta singladura, ahora que había cruzado y superado el desierto de mi apatía por la vida.


No hace falta cruzar ningún mar para navegar, con la imaginación podemos hasta volar.

15 comentarios sobre “VadeReto (FEBRERO 2022).-

  1. Bueno, JM, se ve que habrá una tercera parte porque ya superado el desierto de la apatía no puedes volver a él.
    Me ha encantado cómo utilizas esa frase proverbial, el hambre agudiza el ingenio, y bueno toda la descripción para poner en marcha la radio ¿con papel aluminio? o eres un manitas o te has empapado bien o eso no funciona, yo por si acaso te digo que no lo haré.
    Vamos a por esa aventura romántica, lo mismo las coordenadas están en la cabaña de un bosque.
    Un abrazo

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    1. Hola, Lola. Sí estoy planteando seguir la historia, pero meterse en profundidades igual me pasa factura, yo soy más bien pez de micros y relatos cortos.
      Lo del aluminio es truco clásico o usar un trozo de hilo fino de cobre, pero ahora ya no hay fusibles o casi en los equipos electrónicos. En todo caso mejor poner uno original para evitar males mayores.
      Saludos y gracias por comentar. ⚓🖐🏻

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  2. Pues me gusta la idea de seguir tu relato. Y de paso, aprendemos algo, porque lo de «emisoras de números» no lo conocía. Se va perfilando la continuación y el desierto de la apatía va quedando cada vez más lejos. El marino espía te sigue guiando y despierta tus sentidos. ¡Vamos a por más! Mi mano sigue extendida para que la tomes y sigamos la aventura. Un abrazo.

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    1. Hola, Marlen. Me gusta usar recursos de cosas que existen para darle credibilidad a la trama y evitar explicaciones innecesarias al meter elementos ficticios.
      Te agradezco el seguimiento y el apoyo, pero en cada parte debo aportar algo nuevo y que no sea solo alargar la historia con entregas insulsas; como le decía a Lola, yo soy pez de micros o poco más, si me meto en cosas mayores igual glu, glu, glu. 😁 ⚓🖐🏻

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  3. Pues acabo de darme un paseíto por la entrada precedente para ubicarme bien en la aventura. Parece que la notificación debe andar perdida en la buhardilla de mi atestado email.
    Ahora sí me sitúo en ese camarote lleno de secretos y misterios y disfruto de tus pesquisas. (Con tu permiso me he servido un dedín de AREHUCAS😊).
    Me has recordado esas pelis, en blanco y negro, por supuesto, en dónde los protagonistas se esmeraban con la «onda corta» para descifrar mensajes espías. Y me ha encantado descubrir y aprender sobre la «emisora de números». Misterioso, intrigante y muy interesante.
    Ahora sí voy a tener que cargarme de paciencia y esperar la siguiente entrega. Deseoso de ver a dónde te lleva tu búsqueda.
    Felicidades.
    Un abrazo. 🤗👍🏻🍻🍻🍻🍻🍻

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    1. Hola, JA. Sabía que no podrías esperar y espero que al menos te haya intrigado la historia que mezcla un poco de todo para que no sea tan lineal.
      El desván camarote me perece un sitio muy apropiado para darle la ambientación a la historia y que su escaso mobiliario sean piezas del puzzle. En cuanto al «Arehucas 18» estas en tu casa y puedes meter mano a la botella que es mayor de edad.
      Lo de las emisoras de números son reales de ahí el enlace y que no era una licencia por mi parte, además le pone más intriga al asunto.
      Al final creando tanta expectativa espero que no se me moje la pólvora y los fuegos artificiales del desenlace se me queden solo en humo.
      Espero que cuando salga tu crítica sea sincera y no benévola porque con cerveza y buen ron las penas acaban siendo una bendición. 😁🍻🍻🍻🥃🥃🥃⚓🖐🏼

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      1. ¿Crítica sincera y no benévola? 🤔
        Ya me sincero yo con el espejo y no veas como me mira. 😅😂
        Vale, solo te comentaré si me ha gustao o no. Las críticas se las dejamos para los «enteraos» de las tertulias televisivas. 😜
        Además, estoy seguro que con tu imaginación, talento y la musa del Arehucas te saldrá algo chulo, divertido e interesante, como haces siempre.
        Si te atascas dame un toque, me llevo otra botella de repuesto, me haces sitito en la buhardilla y si no sale ná, nos jartamos de reír.
        Un abrazo. 🥃🥃🍻🍻

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        1. A ver, nota informativa para los que lean nuestros comentarios y se echen las manos a la cabeza. No llamen a seguriá.
          Todas estas bromas de licores espirituosos y cervezas son solo virtuales. En la realidad, tanto JM como yo somos más de tesitos e infusiones con pastas. Que ya tenemos una edad. 😂😂🤣🤣🤣

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          1. Sí, a ver, aviso a los lectores. Como dice JA, todo lo que bebemos por aquí es virtual como nuestras conversaciones, cada uno en su casita. De hecho respetamos la norma de no poner más de cinco cervezas o chupitos en iconos, hasta en eso somos comedidos. Y lo único, para darle un poco de vidilla, al leernos solo sacamos de la nevera las cervezas a las que virtualmente nos invitamos y nos las bebemos a la salud del otro, pero repito que cada uno en su casa no estamos juntos.
            Ahí te van 🍻🍻🍻 que se me ha secado la garganta de tanto escribir y un par de chupitos para animar a La Musa. 🥃🥃😂🖐🏼

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        2. No hay problema, JA. Yo sé que tú tienes buen gusto y que cuando te ríes no eres como las hienas, lo haces con ganas. Pero con tanta cerveza y ahora ron de 18 años aunque hiciera la redacción de niño de siete años me darías el aprobado. 😂😂😂
          Si me suspendes no pasa nada al contrario, me recordará mis tiempos de escuela, y no veas la pila de años que me quitarías. Motivo, más que justificado, para agarrar un melocotón de los de antaño y meter mano a la botella hasta que no la quede ni gota. 😂😂🥃🥃🥃🍻🍻🍻🖐🏼

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