El crematorio municipal de mi pueblo


Mi pueblo no era grande ni pequeño, uno de tantos que con el tiempo cambio los campos de maíz por urbanizaciones, así con los años el cementerio se quedó sin plazas. La nueva corporación municipal, ahora de traje y corbata en vez de boina y pana, tuvo la gran idea de recalificar la parte municipal del camposanto. El proyecto básicamente consistía en sanear tumbas y nichos realquilando unas y otros. Las  celdas adosados serian como los bloques de viviendas, cada uno podría albergar las cenizas de una familia entera hasta la abuela. Para los más pudientes, en la tierra, habría panteones de uno o dos metros cuadrados a modo de chalets familiares, en este caso independientes, para las cenizas con pedigree.

Claro, esto pedía un crematorio municipal para acomodar adecuadamente a los nuevos inquilinos del cementerio, por lo que el pelotazo garantizaba la viabilidad del negocio de la muerte en mi pueblo. Los precios seguían siendo los mismos, caros; pero ahora, tanto en nicho como en panteón, te entraba la familia entera, por lo que a la larga ahorraban dinero, salvo la minuta de la pira funeraria que era otro riñón.

Puestas así las cosas y viendo que el negocio no necesitaría una revisión, hasta que todos estuvieran calvos dentro de cien años, se aprobó por unanimidad. Lógicamente, una de las prebendas del consejo municipal era un panteón familiar con casita para las cenizas de las mascotas, ósea el de dos metros cuadrados.

Ahora viene la parte macabra de tan genial negocio:

Después de las obras de adaptación del cementerio y de hacer la capilla crematoria, las arcas municipales se quedaron con un agujero casi negro, al que ciertas comisiones y dietas engordadas fueron también a parar. Hacía falta una buena gripe, que se llevará unos cuantos viejos por delante, para afrontar las primeras letras del banco; así que formaron una comisión de viabilidad del cremanterio.

El médico del pueblo ese primer mes, después de la inauguración del nuevo cementerio, no daba a basto con las visitas tanto en consulta como a domicilio. Se había corrido la voz, que al estanque habían migrado unos patos chinos con fiebre aviar, y todo el mundo se quiso vacunar, al ir notando problemas respiratorios al poco tiempo.

A los dos meses, se reunió la comisión del viabilidad, estaban exultantes, los ingresos se salían de la gráfica prevista y decretaron, para evitar suspicacias, que tenían que hacer un viaje en búsqueda de nuevas equipaciones; precisamente, al lado de la gran muralla china, y  con un mes de duración, al menos,  para formalizar el pedido con los correspondientes cursos de manejo del nuevo horno. Con tanto título, ya sabíamos que los diez de la comí se iban a ir un mes de vacaciones de lujo, con todos los vicios pagados, pero como había dinero para ello miramos para otro lado.

Justo con la vuelta de nuestros héroes de China, vino la hecatombe; la policía había precintado, el crematorio por emanaciones tóxicas, al haberlo autorizado el ayuntamiento, sin filtro de humos; la consulta del médico, que casualmente también era del consejo municipal, la farmacia, el farmacéutico ídem de ídem, al encontrar vacunas caducadas para la fiebre aviar no aptas para su uso, y en la botica garrafas industriales de gas cloro. Mientras uno se cargaba a los jubilados por inyecciones letales, el otro les quemaba las vías respiratorias con el corrosivo gas, así que no se salvo ninguno; incluyendo como daños colaterales a los asmáticos y a los hipocondríacos.

La última vuelta de tuerca fue que muerto el viejo fuera pensión y, precisamente, al ser un pueblo venido a más por las urbanizaciones tipo guay, la economía se basaba en las buenas jubilaciones de los convecinos; y, en el caso de los lugareños de toda la vida, en las pensiones de los abuelos. Ahora todos en el otro barrio, el moderno cementerio de mi pueblo, los ingresos quedaron diezmados; las arcas con el viaje a China volvió, de nuevo, a un agujero sin remisión;  sin crematorio, al estar precintado, tampoco podía haber el más mínimo ingreso.

Así, el negocio de los vivos, acabo con todos los viejos muertos; y el cementerio, realquilado a los pueblos vecinos, para poder pagar, al menos, al jardinero. 

15 respuestas para “El crematorio municipal de mi pueblo”

  1. MADRE MÍA ¡¡¡¡¡¡
    Lo he puesto a drede en mayúsculas porque el relato lo amerita.
    Me has sorprendido y gustado a partes iguales. Maravillosa tu capacidad para ir tirando del hilo hasta hacer una trama completa y coherente. No sé a quién me has recordado más si a Stephen King o a Robin Cook, pero está genial el relato.
    Por cierto me mataste con lo de las cenizas de las mascotas en los panteones jajajaja

    Le gusta a 1 persona

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