MICRORRETOS: UN CADÁVER EN EL ASCENSOR (XII) y final


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MICRORRETOS: UN CADÁVER EN EL ASCENSOR (XI)


Los Alcornoques, 9 (X) Don Simeón (3º Dcha.)

Sería medianoche cuando Don Simeón cerró el bar de Los Alcornoques. Hasta hace unos años como propietario del mismo y ahora, por nostalgia, como último parroquiano. Al nuevo arrendatario esto le viene de perlas, amortizando así la mitad o más del alquiler —entre las consumiciones e invitaciones—, de este bonachón y mejor feligrés.


Toda la vida en el bar cuesta dejarlo, pero jubilado se puede seguir alternado —cambiando cantidad por calidad— sin llegar a casa como una cuba rodando. Lo que la edad no perdona es la incontinencia y una vejiga floja en el ascensor resulta impredecible. La primera vez pensó, y bien acertado, que el perro de su vecina sería el acusado; hasta la fatídica noche en que, con los pantalones mojados, fue pillado.


Últimamente, Simeón se estaba comportando gracias a la cocinera —hermana mayor, solterona y socia de su arrendado— sus miradas de asco se habían vuelto tolerantes en cuanto él moderó su alterne; aunque, media renta en invitaciones, la siga dejando.


Llegando al portal, precisamente, estaba reflexionando que ya le podía decir algo a aquella mujer, en vez de solo de cruzar sus miradas casi a escondidas. El cuerpo tendido del ascensor le cortó en seco sus tardíos y románticos pensamientos, no podía ser, pero si era él. Jacinto El Señas, la de veces que jugó la partida en su bar y ahora tan trajeado allí tirado. Las pastillas azules se lo aclararon todo y Don Simeón volvió a darle vueltas a su cita con la cocinera.


Los Alcornoques, 9 (XI) Doña Fina (3º Izqda.)

Doña Fina (Rufina no Josefina) y Nico (su pulgoso), como cada mañana a las ocho y media, salieron a hacer sus respectivas necesidades. Y siendo sábado, además del chocolate y las porras, una copita de Chinchón para empezar bien el fin de semana. ¡Como Dios manda!


La buena vecina —en otro tiempo chismosa, beata, y huraña— había descubierto que un cigarrillo y una copita de vez en cuando le sentaban mejor que estar todo el día a la greña con vecinos y tenderos. Así que cambió misas, rosarios, cotilleos y demás hábitos de buena cristiana por costumbres más mundanas. De esta forma vio como Dios se fue llevando a sus congéneres, mientras que ella (aunque acartonada) seguía como una rosa.


Nico ya tenía sus años, así que, con solo cinco minutos de retraso, le pasaba como a Don Simeón y su incontinencia. Esta vez fueron diez porque la vieja se había olvidado tomar el laxante. El caso es que cuando entraron en el ascensor el can ignorando las habituales bolsas de basura y el fiambre trajeado allí tirado se fue a su esquina y sin más levantó la pata para miccionar.


La anciana, bien aliviada de la tripa, solo pensaba en su sabatino desayuno; por lo que, salvo en el buen corte del traje y el elegante Trilby, no le dio mayor importancia al cuerpo allí tirado. Fue el perro, después de su alivio, cuando tras oler una de las pastillas azules y recular le hizo santiguarse por aquel señor.


Los Alcornoques, 9 (XII) El Percebe (Ático)

Yo vivo en el ático (realmente es una buhardilla con pretensiones) de Los Alcornoques nueve. Los fines de semana, como el resto de los días, subo y bajo las escaleras (salvo que vaya cargado), como compensación a mi fobia de hacer ejercicio paseando, pudiendo ser además víctima de alguna pelandrusca al acecho; porque yo, no sé decir que no.


Está claro que es una fantasía, a mí no se me dirige una mujer ni para preguntarme la hora, pero me sirve para no perder la esperanza. Ese sábado bajé por la escalera más desaliñado que de costumbre para pasar inadvertido de las miradas femeninas, pero debo tener imán porque en la calle sentía como llamaba su curiosidad e incluso hasta a mi paso se volvían.


Igual el hecho de llevar la camisa mal abrochada y una pernera del pantalón con el dobladillo descosido surtía el efecto contrario. El caso es que me sirvió para buscar rápido refugio en la tienda de ultramarinos, y que ya no se me hiciera tan cara una caja de reserva a la que tenía el ojo echado.


Como un porteador llegue al ascensor para encontrarme aquel muerto acompañado del fétido olor de las basuras y meados. El tipo me resultaba vagamente conocido, pero en aquel momento le di más importancia a las pastillas azules de su lado. Si no hubiera estado cargado con la caja de vino igual habría recogido alguna, aunque con mi éxito entre las féminas seguro que antes caducaban y hasta decoloraban.


El ascensor del personal hospitalario (y II)

Inmóvil me contemplo a mi mismo y a mi compañero de mesa. De pronto lo veo como despertarse de un profundo sueño, ¡joder hasta bosteza! Algo desorientado se sienta sobre la mesa, pero al rato localiza una bolsa donde están todas sus pertenencias, incluido un traje con sombrero y todo.


Yo estoy alucinando, trato de recordar como he llegado ahí al tiempo que veo al vejete acabar de vestirse con la mayor naturalidad. Está claro que estoy muerto, porque para verme a mi mismo, y a él a mí al lado, tengo que estar fuera de mi cuerpo. Con este profundo pensamiento reparo que estoy presenciando toda la escena en un gran monitor y, como si la vida me volviera, giro la cabeza hacia arriba para localizar la cámara de grabación.


Seguro que el sanitario del depósito al abrirse el ascensor pensó que le habían dado un dos por uno y nos dejó en las mesas como pudo para nuestra próxima disección. El hombre ya está vestido, pero el sí parece no saber donde está. Yo, con un gesto, le indico que me espere mientras busco mi bolsa y me visto. Al ponerme el reloj veo que ya son las ocho de la mañana del martes.


Nunca sabes donde vas a encontrar un amigo, aunque sea en una sala de autopsias; así, el vejete trajeado y yo, salimos en mutua complicidad recorriendo pasillos y pisos hasta encontrar la cafetería para darnos un merecido homenaje por seguir todavía ambos vivos.


Los Alcornoques, 9 (XIII) Todos en el portal

El martes, a las nueve y media, el inspector nos citó a todos en el portal de Los Alcornoques nueve para informarnos de sus pesquisas. Para él era más cómodo que en la comisaria y así igual alguno de los presentes hasta le invitaba a comer. Los únicos que trabajaban en esta comunidad eran el administrador y el cura, que esta semana precisamente estaba de ejercicios espirituales con una ayudante que había reclutado en un noviciado.


El policía fue puntual, aunque antes de entrar se cercioró de que la portera no lo recibiera como la vez anterior. No estaba invitada, pero igual por cotillear se había apuntado al careo. Ya en el portal miro hacia el descansillo del primero y comprobó que allí semi ocultos estaban los dos hermanos Alcornoque. Luego, bajando la vista, mentalmente contó hasta al pulgoso; que parecía el más atento de los presentes.

Con un tono teatral sacó de su bolsillo una bolsita con unas pastillas azules y después de los típicos segundos de sepulcral silencio dijo que eran falsas, solo comprimidos de paracetamol con colorante; a Jacinto le habían engañado como a un chino en AliExpress. Y que de un momento a otro le llegaría el informe forense, pero conociendo los hábitos del finado, él apostaba a que fue por un fulminante ataque hepático.


Así sentenció, todo satisfecho nuestro particular Columbo, dejando en puntos suspensivos su afirmación; como dando tiempo, a una posible confesión de última hora, antes de que le llegaran las pruebas inculpatorias.


Los Alcornoques, 9 (XIV) Epílogo

Todos nos quedamos con la boca abierta, más por lo que vimos que por la declaración tan teatral del destartalado detective, cuando vimos llegar como una aparición a Jacinto El Señas arreglado como un pincel con su Trilby. Yo doblemente boquiabierto al ver que lo acompañaba mi colega Vanjav, del que no sabía nada desde que fue el lunes a visitar a no sé que amigo suyo al hospital.

El bueno del policía pensó que había sido la actuación de su vida, al vernos tan perplejos justo después de su oratoria con velada amenaza incluida.


Cuando llegaron a su altura los dos invitados de última hora, el que casi se cae de culo fue precisamente él. El inspector se quedó como su gabardina —si no estuviera llena de manchas y lamparones— de pálido. La viuda, todavía enfadada, se hacía la ofendida; mientras, su vecina —la exmujer de Jacinto—, sonreía malévolamente al ver como el viejo picaflor renqueaba del lado donde ella le había marcado la puntera.


Los demás, cura incluido, viendo que ni viejo ni niño muerto, se fueron dando por terminada la sesión. Entre Vanjav y yo agarramos al pobre Columbo y lo subimos al Ático, seguro que descorchando un buen vino se nos pasaba el mal trago a los tres. A Jacinto no le quedo otra que irse con Don Simeón al bar hasta que se le pasara el cabreo a la Sole. Doña Fina y Nico los acompañaron porque aunque fuera solo martes necesitaba tomarse un Chinchón.


6 comentarios sobre “MICRORRETOS: UN CADÁVER EN EL ASCENSOR (XII) y final

  1. ¡Perfecto colofón para el disparatado mundo que habita el Alcornocal! Cada mochuelo a su olivo y, entre el Percebe, Vanjab y Columbo, se habrán descorchado más de una botellita del Reserva. ¡Se lo tenían merecido! Me queda la duda de las pastillitas azules: ¿de verdad serían falsas o se las querría quedar el Columbo? ¡Vaya uno a saber!

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    1. Hola, Marlen. Después del parón, he conseguido acabar con este folletín. Igual, el giro final, no ha estado a la altura pero el vino merecía la pena. 🍷🍷😁🖐🏻
      P.D. Tranquila que sí eran falsas, de Paracetamol pintadas, aunque poco recomendables para hígados tocados.

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